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  • May18

    Es innombrable el dolor arrastrado como una red de infamia por esta mujer herida de muerte, que ha preferido vengarse del mundo para no tener que enfrentar su propia agonía. Ella es el Hada Oscura, La Madre del Infierno, La Mandrágora, es La Bestia en carnes, llena de odio hacia todo aquel que pretenda amarla, muy posiblemente por haber sufrido en tiempos profundos alguna o quizás muchas afrentas nunca perdonadas. Esta mujer está sola en su celda de espanto y cuando salga repetirá en cada una de sus víctimas la escena de su propia tragedia de abandono. Hará acopio de todo el poder del que por naturaleza disponen la totalidad de las mujeres y hará con él una obra maestra del mal. Usará su fina inteligencia e intuición salvajes para tejer hebra por hebra el velo de su trampa. Vestirá sus ropajes más sugestivos, aquellos que acarician con deleite sus formas malditas y sabrá bordar en perlas sus sonrisas envenenadas. Ella sabe que su cuerpo es arma mortífera y hará uso de él con la sabia precisión del mejor estratega para lograr el daño perfecto, su único propósito. Abrirá las compuertas de su vientre en llagas y embestirá con su caudal de fluidos perfumados y lumíneos, a todos los incautos que atontados por aquellos aromas, vengan a beber enceguecidos de deseo. En ese momento fatal llegarán los esbirros de la Reina del Fuego y se encargarán de llevar sus cuerpos desmayados a las cámaras ardientes donde ella, Perra Maldita, devorará con gula y fruición. A veces será ella misma, solitaria y rastrera, la que espiará a su presa, la seguirá con todos sus sentidos durante horas, meses o años y la asaltará desde la sombra de su noche hambrienta, prodigándole el abrazo mortal de las serpientes.

    He aquí el mito de La Mujer Maldita. Mujer portentosa y capaz de generar históricas guerras, de gobernar pueblos y a sus mismos gobernantes, de extraer una sinfonía del placer y el tormento para ensordecer la voluntad de los ebrios que se debatirán impotentes entre el amor y la muerte. Esta mujer se reirá a carcajadas del hombre pusilánime y sin carácter, que no se atreva a mirar de frente sus ojos de plomo; lo manejará a su antojo, marioneta que ella operará desde sus alturas con sutiles hilos, Bruja Negrera, para que complazca sus caprichos imposibles. Hará del hombre ambicioso su desafío más osado, le hará creer que es él su elegido, para luego restregarle su codicia humillándolo, ya de rodillas, después de haberlo amado. Esta Hembra de Hielo no se enamora, ni se dejará quebrar del llanto primitivo que resuena en el fondo de su abismo. Su alimento es el sufrimiento de aquel que morirá por ella.

    Mujeres, somos en algún grado malditas. De otro modo no seríamos capaces de retar el dolor de dar a luz un hijo, ni de luchar a dentelladas con quien sea por defender lo que nos pertenece realmente. La Bestia Herida da vueltas en un punto remoto de nuestra inconsciencia como inevitable resultado de dolores necesarios. Debemos reconocerla y aceptarla, pues ella tiene hambre de nuestra alma y debemos alimentarla con nuestra inventiva y creatividad. La mujer malvada y resentida ocurre cuando cercenamos nuestro poder creativo que sublima todas las iras y culpamos a los demás por nuestra incapacidad de ser libres. A esta Loca del Pantano hay que visitarla de vez en cuando, y no asustarnos con sus fantasías rabiosas y malsanas; pisaremos con sigilo arenas movedizas para acercarnos a ella, Animal de Monte, y le entregaremos dulcemente un pincel para que pinte sus padecimientos, o una falda para que baile sus furias, una escena para que grite, gima y llore, un libro en blanco para que escriba sus historias de pesadilla o cualquier símbolo a través del cual ella pueda romperse sin limitaciones. De lo contrario, tarde o temprano asfixiada por nuestros prejuicios, nos traicionará sin contemplaciones y usurpará el lugar que le corresponde a lo cotidiano, amargando cada hora de nuestros días y de los que amamos visceralmente. Nunca callemos a la maldita mujer que llevamos dentro, sólo démosle un santo lugar, el único lugar donde es posible perdonarla.

  • Apr20

    EL HOMBRE MALDITO

     

    Es aquel que lee nuestro terror a la soledad, el que se sintoniza con la dinámica “presa-depredador” y nos aplasta con placer cuando nos ve temblar. Es ese hombre que viene a confirmarnos que no valemos nada y que nos inspira el sospechoso respeto y el odio soterrado del esclavo. Es el que viene disfrazado con galantería, seductor y perversamente escurridizo, el que lee nuestras cartas zalameras a sus amigos, es ese mismo que alimentaron con caldos de celotipia y sal, el hombre ausente, el hombre que dice que estamos locas. Es aquel que despierta la pasión de lo inalcanzable, el perro, el que escapa de nuestro control, es el hombre que deseamos para retar algún aspecto frágil de nuestro inextricable mundo emocional.

    El hombre maldito critica nuestra ropa, nuestro cuerpo, nuestras lágrimas y opiniones, quiere una madre numinosa para sus  hijos mas no la mujer concreta que tiene la entraña valiente para parirlos. Ese hombre paleolítico desconoce totalmente nuestra doble naturaleza versátil, danzarina entre lo terrenal y lo mágico. Eso lo confunde, al hombre maldito le asusta algo de la mujer que no puede discernir, ese poder que transmiten los volcanes incluso inactivos, por poseer en su prontuario apocalíptico la evidencia de que alguna vez estallaron y lo arrollaron todo. Sólo su instinto animal le advierte que debe defenderse de una fuerza misteriosa que lo aniquilaría si no utiliza todas sus herramientas de intimidación. Debe sacar de su bolsillo el naipe de agresiones y jugar cada carta haciendo gran estruendo, golpeando la mesa con el puño para después estremecer el aire con ese silencio filoso y ruin que anticipa el próximo golpe.

    El hombre maldito no sabe que tiene miedo de la mujer. Está mareado con el bebedizo de la ignorancia acerca de sí mismo, no sabe quién es, ni siente la curiosidad de buscarlo, se guía por la pulsión del sexo y de la muerte para proteger su hegemonía como “rey”  de la manada. Tampoco sabe quiénes somos ni le interesa averiguarlo. Su vocabulario para dirigirse a nosotras es restringido y timorato independientemente de las muchas palabras que pueda conocer, y se pierde torpemente en el amplio universo de símbolos que enriquecen el significado de lo femenino. Este hombre es pobre espiritualmente, aunque venere a la virgen pura y utilice un Dios enclaustrado en sus convenientes interpretaciones. Igualmente puede esgrimir el ateísmo para no advertir las deidades históricamente atribuídas a la condición más respetable y fascinante de las mujeres.

    A este hombre esperpéntico yo lo conozco y lo he buscado inexplicablemente en los transeúntes anónimos que conocí casualmente en la calle, porque sí, también hay hombres de la calle que se venden por el céntimo que pagamos por nuestra autoestima. Este hombre no es aquel asesino que podemos condenar tan fácilmente, simplemente porque habita en una grieta profunda de nuestro amor propio. Esa es su trinchera, y nadie más que nosotras mismas sabemos dónde se esconde. Debemos ser rigurosas, disciplinadas y tener mucho coraje para ir al fondo de su cueva, y sacarlo con la violencia incendiaria del volcán que todavía nos sacude por dentro. Al hombre maldito hay que obligarlo a rendir cuentas y matarlo dentro de nuestra alma porque es ahí donde realmente comete sus fechorías.  Es el único delito necesario para nunca jamás permitirnos honrarlo como compañía de ninguna especie; por lo tanto la muerte del hombre maldito debe ocurrir donde éste se fabricó, allá en la médula de nuestra mente, donde inventamos el mundo que vemos.

    Una vez consumado este sacrificio ineludible, limpiaremos todo residuo y reconoceremos más fácil y rápidamente cualquier indicio de sangre o de irrespeto. Un hombre que presente cualquiera de las desafortunadas credenciales ya citadas no podrá más que ser ignorado, pues el odio que podríamos sentir hacia él no es menos dañino que el que sentimos por nuestra propia persona. Podríamos concluir entonces que la crueldad del hombre maldito es directamente proporcional al desprecio que sentimos por nuestra valía y eso determina nuestra motivación para elegirlo como compañero. Yo lo digo por experiencia propia.

     

  • Apr2

     

  • Mar28

    He estado metida de pies y manos en el estudio de grabación bordando cada una de las canciones que he escrito para BAILARINA. Sin duda ninguna uno de mis planes preferidos es compartir con Guillermo Díaz, MI productor, Harbey Marín y Jorge Corredor MIS ingenieros, todas esas horas en las que nos consagramos a cada canción con todos los sentidos y con todo el amor por lo que hacemos. Me encanta aprender de ellos y conocerlos como personas. Se nos van fácilmente 12 horas sin que nos demos cuenta, grabando los instrumentos con cuidado y respeto por lo que la música sugiere. No me parece tan fácil que cuatro personas estén profundamente conectadas en cuanto a la estética que se le quiere dar a una creación conjunta. Este es nuestro caso, pues la verdad, las ideas estaban claras desde el principio y no hemos tenido discrepancias. A la hora del almuerzo los tres muchachos se ausentan por una hora y me quedo en el estudio, sola y en silencio, con una paz inmensa al pensar que mis marcianas tienen ya sus vestidos de diferentes colores, con sus volantes y sus costuras perfectas. Siempre me detengo en la convicción de que me gusta más el proceso de crear que el resultado, no tengo preocupación por el éxito de este disco. Pero hoy en día, valoro mucho más mi trabajo como música, nunca había podido convencerme de que la música que escribo es substanciosa y sólida incluso académicamente. Así que la buena noticia es que me siento muy a gusto con todo lo que está pasando alrededor de este nuevo trabajo. Lo de presentarlo en vivo es lo que no me entusiasma tanto…no sé qué me pasó en ese pedazo de la dinámica de crear la música. Como cantante ….mmm….no sé, sigo sin gustarme tanto.

  • Mar18

     

    POR QUÉ NO CREO EN EL ENAMORAMIENTO

     

    Estar enamorada me parece absolutamente insoportable. Me ha ocurrido en más de una ocasión, lo cual habla bastante mal del poder de selectividad de ese estado tan venerado a lo largo de la historia de la humanidad. Perpetuado a su vez en incontables canciones que ya gastaron todo el repertorio de frases alusivas a una especie de farmacodependencia severa, pues se refieren sobretodo a la incapacidad total del individuo para tolerar la ausencia del otro. “Sin ti no puedo vivir, me falta el aire, si tú te vas mi corazón se morirá”. No puedo imaginar algo más indeseable que depender de alguien para poder vivir. Y no sólo esto, el enamorado tiene tan alterada su conciencia que hasta le cambian las condiciones atmosféricas dependiendo de si la otra persona está o no está. “Sin ti todo es gris, tu sonrisa ilumina mi día, el sol sale cada vez que tú apareces”. Por más felicidad que haya, la sola idea de perder al otro es una posibilidad funesta. De modo que el sentimiento que realmente subyace tras el estado de enamoramiento es el miedo. Si se observa más atentamente, es muy fácil desarticular las estratagemas del ego, que en el patético caso del enamorado es lo único que opera. El subtexto sería algo así como: “Yo necesito algo que sólo ese otro puede darme y debo obtenerlo a toda costa aunque tenga incluso que anular mi propio ser”. Sobre este pantano se sostiene la parodia del amor hasta que el mismo ego se encarga de sembrar las primeras dudas, pues por mucho que se niegue, uno se enamora es de la propia proyección de un ideal, no de la persona real que tiene delante. De ahí el sospechoso amor a primera vista que se encarga de adjudicarle una desproporcionada investidura al recién aparecido y el muy predecible des-engaño, que vendrá no cuando alguno de los dos supuestamente la embarre sino cuando no se pueda sostener por más tiempo la fantasía. La voz del corazón es siempre sabia y susurrada, mientras que la del ego con su lista de demandas es estridente. El corazón no es sordo ni ciego. Si de verdad respetáramos nuestras corazonadas no nos enamoraríamos de tanto pelele que en las primeras de cambio da todas las señales de alerta para salir corriendo.

    (Estos artículos forman parte de una serie que se titula POR QUÉ NO…)

     

  • Mar18

    Pasé por tres colegios, no precisamente por mala estudiante aunque suene inmodesto. A los 12 años resolví literalmente salvar mi salud mental huyendo despavorida del primero, donde alcancé a terminar 2o de bachillerato porque mi Dios y mi determinación son muy grandes. Nunca nadie en la historia de mi vida me ha despertado tanto terror como la honorable directora de mi primer colegio. Esta mujer rubia, de dientes enormes, alta estatura, voz metálica y expresión furibunda, era la comandante en jefe de un joven batallón de educadores, casi todos ellos norteamericanos energúmenos y pertenecientes a un peculiar movimiento cristiano del cual nunca volví a tener noticia. Ella, la directora y propietaria del colegio, me produjo desde el primer momento ese frío en los huesos que sólo anuncian los malos presagios. Su mirada estaba siempre liderada por una ceja que parecía que tuviera vida propia. Esa ceja era famosa por su poder de intimidación, arma favorita para obligar al estudiante a obedecer. La escalofriante coreografía de la consabida ceja, combinada con un discurso fundamentado en el Castigo Divino y articulado a su vez con una boca descomunal desde donde se asomaba una pianola interminable de muelas, hacían las delicias de mis peores pesadillas infantiles. El cenit del horror llegó cuando en un acto suicida de rebeldía me dio por usar unas medias del Barcelona azul con rojo que me prestó mi hermano Martín, las cuales no pertenecían al uniforme. A primera hora de la mañana, la mujer desde su lugar estratégico alcanza a ver cuando me bajo del bus y con qué cara de placer camina hacia mí y me ordena que la siga a sus tenebrosos cuarteles. Cuando cierra la puerta me acerca la cara de tal forma que parecía distorsionada por un lente gran angular, para decirme con toda su mandíbula, “de mí no se burla nadie, quítese esas medias”. De pronto agarra una Biblia gigante como de la película “Los Diez Mandamientos” y me lee un pasaje espeluznante sobre Satanás y la ira de Dios. Cómo olvidar aquella escena tan desproporcionada y su carismática protagonista, quien me condujo a pensar que el diablo me había tentado por usar las medias del Barcelona, pero al parecer Dios era hincha, pues nunca me castigó por eso.

  • Mar18

    Hola, como siempre un placer saludarlos. Voy a colgar los últimos artículos de SOHO también
    para que “me los opinen”. Muchas gracias por cada cosa que dicen. No se imaginan lo contenta
    que estoy con mi nuevo oficio como columnista! Como muchas veces les he dicho, para mí es
    todo un pasatiempo escribir, sin embargo les puedo jurar que no tengo pretensiones como
    escritora; pero la pasión por las palabras, por las figuras literarias, por lo poético que hay en
    todo lo que vemos, por el encanto que tiene nuestro idioma y sobre todo por las ganas que me
    dan de decir cosas que nunca digo en las entrevistas, me siento motivada totalmente. Aún más
    si ya voy reuniendo lectores. Como ejercicio, estoy encantada con el entrenamiento en SOHO,
    pues el texto no debe reunir más de dos cuartillas y me parece fantástico forzarme a expresar
    algo concreto con un número de palabras limitado. El tono es un poco más ligero si se puede
    decir así, pero cabe anotar que SOHO tiene como colaboradores escritores y periodistas de altísimo
    nivel. En estos días me reuní con su director Daniel Samper Ospina quien me dijo que podría
    darme más espacio,pero inmediatamente dije NOOOOOO. Estoy feliz en mi modesto lugar
    y aprovechando para aprender mientras escribo con más confianza. En cuanto a ELLAS de El
    Espectador, pues…ahí sí me toca echar mano de mis laberintos filosóficos, cosa que me encanta,
    pues no quería escribir en una revista para mujeres hablando sólo de dietas y consejos de
    belleza. Aunque seguro lo haré, anteponiendo la sentencia de que no estoy autorizada para
    darle consejos a nadie, precisamente por las contradicciones de las que habla una de nuestras
    blogueras. El hecho de que esté escribiendo para dos revistas, una para hombres y otra para
    mujeres me hace sentarme ante la hoja en blanco con una actitud diferente. Esto me resulta
    fascinante y adictivo. Bueno, hoy es domingo, me voy a cine de “dobleteada” con mi mamá, cinéfila
    de tiempo completo. Hace rato que no salgo de mi casa, muchachos, me estoy volviendo
    cada vez un espécimen más raro, me atrapan mis cosas, mis libros, mis músicas, mis series de tv,
    no me dejan salir y yo contenta. Pero hoy voy a obligarme. Les mando un abrazo. Les explico,
    “dobleteada” quiere decir ver dos películas seguidas.

  • Mar16

    Por extrañas razones ha sido difícil sentirme dueña de mi cuerpo y totalmente a gusto con él. Desde niña fui siempre muy delgada, incluso sufría mucho con eso. A los 16 años todavía tenía una figura sin formas, no me pasaba todavía lo que a mis compañeras de clase que andaban a ritmos más sugestivos, envidiables enseñando orgullosamente sus nuevas redondeces.

    Por esas épocas asistía a clases de ballet en el conservatorio Antonio María Valencia de Cali y estaba conociendo el rigor del entrenamiento físico a través de mis profesores rusos y cubanos, que no tenían compasión para exigir todo de sus alumnos. En ese ambiente mi cuerpo era exactamente “lo” que se necesitaba para educar una bailarina, pues eran ideales los huesos largos y el aspecto frágil de una criatura del aire. Los salones de clase se convirtieron en una especie de santuario de aspirantes a convertirse en los seres míticos que habríamos de representar alguna vez en el escenario.

    Así, mis tardes adolescentes se bordaban una a una con perlas de sudor, notas de valses y polkas aseguradas a puntillazos por una pianista de carne y hueso, cristales topacio de resina para las zapatillas y canutillos diminutos de ámbar para tapizar la luz que entraba a chorros por los ventanales a las 4 de la tarde. Nos enseñaban a percibir el dolor del esfuerzo como un pasaporte para la excelencia de nuestros movimientos y a ver nuestros cuerpos más como instrumentos de arte que como algo propio. Era un mundo estricto, complicado y hermético, con sus pequeñas intrigas, envidias, lesiones y códigos, altamente disonante del que compartía en las mañanas de colegio con mis amigas de caderas apenas florecidas. Empecé a sentirme atrapada en una disciplina demasiado severa y peleaba con el dolor inevitable que me producían los ejercicios, hasta que mi columna se encargó de torcer mi destino como bailarina profesional.

    Unos meses más tarde me recibió una camilla de quirófano para enderezarme las vértebras, que muchas veces obstaculizaron la fluidez de mis adagios y allegros. Fue así como adquirí una consciencia de mi cuerpo tan aguzada que una vez me liberé del yeso que me sujetó el torso durante 9 meses, me dispuse a fortalecerlo y reconstruirlo con la dedicación y exigencia de mis antiguos profesores de ballet, sólo que ahora crearía mi propio escenario para hacer de él un espectáculo para admirar. Por fin se dejaron ver las turgencias tan anheladas y vestí de luces mi obra, la convertí en mi propio trofeo para exhibirla por todos lados como un objeto de inmenso valor, pulido a punta de cincel y martillo. Después de que pasó el carnaval, me sorprendió la pregunta devastadora por el sentido de tener un cuerpo perfecto, meta por demás imposible. Desde los días en el conservatorio hasta mis kilómetros de andanzas por miles de pasarelas, y tal vez por el hábito adquirido desde niña, concebí mi cuerpo como una herramienta para lograr un efecto estético en los demás. Luego viajé por el mundo y conocí mujeres con cuerpos “imperfectos” maravillosamente sensuales y por supuesto mucho más felices que yo. Vi en muchas de ellas a la mujer salvaje que todas llevamos dentro, ajena a paradigmas, natural, gustosa, espontánea, llena de nutrientes que otorgan vida, sabores, aromas y texturas.

    Esa mujer del fondo de la vida misma que habita su cuerpo con sabiduría y lo celebra con un regocijo íntimo, es con la que nos es vital conectarnos, para ser todavía más creativas, intuitivas y felices. Esas mujeres del mundo que he visto me indicaron el camino hacia el fondo de nuestra naturaleza, donde palpita La que Sabe todo sobre nosotras. Me advirtieron que Ella vive en lo más profundo de nuestro bosque síquico, misteriosa y libre, que anda suelta como quiere, que baila sin zapatos y para ella misma, que es la emperadora de sus pasos, inconsciente de su talla y estatura pero finamente consciente del tamaño inconmensurable de su femineidad. Esa mujer es la misma que vi despuntar en las cinturas de mi compañeras del colegio, tan airosas e inalcanzables a quienes ya no envidio más. Ahora ya sé que puedo ser como ellas.

  • Mar6

    He estado ocupadísima en la grabación de este proyecto musical que yo llamaría purista. Pura Margarita.

    Yo me río de mis pretensiones de sacarlo a la luz diciendo que este disco le va a gustar a mis papás

    y a mis hermanos no más. Con esto no quiero ignorar el inmenso cariño con que ustedes se refieren

    a mis canciones y todo lo que hago!! Volvemos al espejo de Blanca Nieves. Gracias porque sé que lo

    dicen de corazón. Lo que sí les puedo decir es que me encantan estas canciones, las hemos creado

    tal como me gustaría oírlas, no es tan glamuroso a nivel de la producción en el sentido de que no tiene

    lujos. Mejor no se los describo más y les aviso cuando lo saque. Creo que me estoy volviendo repetitiva

    con el cuento de la marcianidad, puedo estar también exagerando, en fin. Esta notica para darles un

    saludo, mi rutina comienza muy temprano, no me alcanza el tiempo!! Me despierto, medito, leo un poco,

    escribo, me tomo mi batido de proteínas con almendras, linaza y ajonjolí. Me preparo para ir al gimnasio,

    me rompo el lomo durante dos horas en manos de mi entrenador, almuerzo rápido, luego almuerzo mi ensalada “biblica”

    y salgo corriendo al estudio feliz como si me fuera a una cita romántica. Ahora debo irme ya, la cita es más

    temprano. Los quiero, abrazos a todos.

     

  • Feb29

    Muchas gracias a todos por hacer fuerza el día de la premiación! Estuve muy nerviosa todo el día antes

    de la gala. Yo sé que insisto mucho con eso, pero todavía me cuestiono por qué me sigue dando tan duro

    presentarme en público, es como si empezara a carcomerme los huesos un germen incisivo y voraz desde que me

    despierto. Pensé que con A SOLAS había matado mucha cucaracha pero…cuando me dijeron que tenía que

    entregar el premio póstumo  a Mónica Agudelo me empezó una caminadera y un “sube y baja” insoportables.

    Yo trato de meterle razonamiento lógico a la cosa con frases como: ” pero si son sólo 5 minutos, A SOLAS era

    hora y media cantando, actuando y bailando”, ” en ese momento lo importante es el homenaje a Mónica Agudelo,

    no usted”, y así algunas otras pero, resultan inútiles. Les juro que a veces pienso que no quisiera volverme a

    presentar en vivo nunca en nada porque ese acorralamiento sicológico me consume toda. Pero bueno. Lo positivo es

    que CORREO DE INOCENTES se ganó justamente sus premios y tengo que aceptar que me siento muy contenta

    con el mío. El trabajo fue intenso a todo nivel y la recompensa fue enorme al recibir la estatuilla. Hoy no tengo mucho

    tiempo de escribirles, pero quería pasar por aquí a darles un abrazo para que no crean que me olvido de ustedes.

    Ya empecé a grabar BAILARINA. Muy emocionante, las canciones se van revelando como quien va desenrollando

    una cinta de material muy sutil, pero contundente y fragante. Gracias Antonia, Rosario me encanta y ese video es

    muy inspirador, como todo lo que ella hace. Besos